Fui vegana antes de entender bien por qué. Primero fue el cuerpo: algo no cuadraba con cómo me sentía después de comer. Después vino la ética. Después la política.
Ahora es todo eso junto, y ninguna parte por separado.
Lo que me costó más no fue dejar de comer carne. Fue salir del círculo del perfeccionismo vegano: ese lugar donde cualquier inconsistencia se convierte en prueba de que no eres suficientemente consciente.
El perfeccionismo moral es agotador. Y además, paradójicamente, expulsa a la gente. Nadie cambia por vergüenza. La gente cambia cuando se siente capaz de hacerlo.
Lo que el veganismo me enseñó sobre el sistema, no sobre mí
Me tomó años entender que el veganismo personal no resuelve el problema estructural. Que elegir no comer un huevo no desmantela la industria avícola. Que la elección individual, aunque importante, no reemplaza la acción colectiva.
Eso no me hace menos vegana. Me hace más honesta sobre los límites de lo individual.
Hoy soy vegana porque el sufrimiento me importa. El de los animales y el de las personas. El mío incluido.
No soy vegana para ser pura. Soy vegana porque es coherente con lo que creo, y creo que la coherencia vale, aunque sea imperfecta.